Cantando bajo la lluvia, rumbo a Ramakí

Desde los primeros años, los viajes del proyecto Vínculos se han caracterizado tanto por la ausencia de grandes problemas, como por la facilidad de encontrarlos. No contentos con quedar a la deriva en el lago Atitlán en Vínculos 2008, en Guatemala, decidimos repetir la experiencia en este Vínculos 2010.

Nos levantamos antes de las 7 de la mañana y nos dirigimos al embarcadero de Bluefields para contratar una panga (véase glosario). Dentro de nuestra vocación de austeridad en esta edición y carentes de cualquier subvención para transportes acuáticos, decidimos contratar el transporte más barato y, por supuesto, descubierto ya que las negras nubes que acechaban en el horizonte no nos iban a echar atrás.

Embarcadero de Bluefields, véanse nubarrones

Embarcadero de Bluefields, véanse nubarrones

Una vez embarcados esas nubes comenzaron a acercarse cada vez más hasta situarse justo encima de la orquesta para, inmediatamente, soltar de golpe todo el agua evaporada durante los tres últimos días de calor extremo. En aquel momento nos sentimos como un coche en un túnel de lavado automático. Las gotas de lluvia caían como perdigones haciéndonos daño y era tan densa que nos costaba abrir los ojos. Para complicar aún más la situación el motor comenzó a fallar, según el piloto por los caracoles y el lodo.

Protegimos como pudimos las cámaras de fotos y vídeo y, curiosamente, la única cámara que no llevábamos en aquel momento era la sumergible, así que no tenemos documento gráfico, aunque no hará falta porque ninguno de los miembros de la expedición olvidará el rato que pasamos en el centro de la bahía rodeados de agua por todas partes.

Cada uno de los miembros de la expedición afrontó la situación de distinta manera, mientras algunos, “con toda la razón del mundo”, se angustiaron y no abrían la boca, otros pedían champú a gritos. La situación se hizo tan insostenible que la panga tuvo que poner rumbo de nuevo a Bluefields. Al llegar al muelle la tormenta cesó y empezó a lucir un sol espléndido y bajábamos de la panga empapados, por el agua y el miedo.

En ese momento tuvimos que decidir si volver a la seguridad del Hotel Caribean Dreams o la estúpida y absurda idea de volver a intentarlo. Obviamente la mayoría optamos por lo segundo, así que partimos de nuevo hacia Ramakí, ahora con un sol de justicia que nos secaba la ropa y el cerebro.

Segundo intento hacia Ramakí

Segundo intento hacia Ramakí

Por fin todo ese esfuerzo dio sus frutos y comenzamos a divisar la isla de Ramakí y el campanario de su iglesia que sobresalía entre las palmeras. Desembarcamos y comenzamos la visita a la isla y a la comunidad que en ella habita.

Llegando a Ramakí

Llamakí a la vista

Lo primero que nos sorprendió fue la cantidad de niños y niñas que viven en ella. Las casas son palafitos de madera con techo de chapa o paja, con una galería en la que suele mecerse una hamaca. Desde la oscuridad del interior de las casas, salían, para asomarse a las ventanas, los extrañados habitantes de la isla para ver a este grupo de “gringos” haciendo fotos a las cosas más cotidianas de su vida: un lavadero, un cerdo, un coco, un loro, un mono que chillaba como un poseso mientras varios miembros de la OCAS intentaban comunicarse con sonidos guturales, al más puro estilo Greystoke, etc.

De expedición por Ramakí

Niñas de Ramakí

La acogida en la isla no pudo ser más calurosa, no solo por la temperatura si no también por el trato recibido. Es uno de los pocos lugares que haya visitado la orquesta en los que nadie intentó vendernos nada. Tras recorrer la isla entera nos sentamos a descansar junto a la iglesia que es la zona más cuidada de la Ramakí. Aquí sí tiene sentido salir a dar una vuelta a la isla ya que tiene una extensión de unos dos campos de fútbol, aunque en ella habitan más de 500 personas. Así que la vuelta suele ser de veinte minutos, que es lo que tarda en recorrerla entera.

Descanso tras la visita

Descanso tras la visita

Cuando descansábamos de la agotadora ruta, aparecieron de repente un par de guitarras y aunque la interpretación de Iván y Manuel no pudo ser más magistral, volvió a desencadenarse una tormenta de la que tuvimos que refugiarnos en uno de esos porches con hamaca que tanto partido sacan en Ramakí.

Cuando nos alejábamos, otra vez con el sol castigándonos tras la tormenta y con un “gochín” en la panga chillando como si lo fueran a matar, pensamos que habíamos conocido uno de los últimos reductos vírgenes en este planeta, aunque los hombres ya nos estamos encargando de destruirlo.

Vivienda de Ramakí

Vivienda de Ramakí

Álbum de fotos 24 de julio de 2010, destino Ramakí

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