Cuaderno a destiempo 2

La sombra de la monarquía

Rabat es la capital del Reino y ejerce como tal, ello se evidencia en Ramadán: el centro administrativo de un estado confesional debe cumplir a rajatabla los preceptos del ayuno, incluso aquellos que no son musulmanes no pueden escapar a esta circunstancia, así que es prácticamente imposible en Ramadán encontrar una cerveza, o un vino, ni siquiera fumar una shisha -esa famosa cachimba aromática de agua que se aspira a través de una manguera generando humo blanco bien denso y un aroma de manzana o limón-.

Ni en los hoteles sirven alcohol y en los supermercados aíslan la sección de bebidas además de restringir su horario hasta las 2 de la tarde. Es lo que tiene vivir cerca de la administración del poder, que la norma está más cerca y no hay espacio para tomar carrera y saltársela.

La sombra burocrática de la monarquía se pega sobre Rabat. La ciudad es bien bonita, está oportunamente colocada en la desembocadura de un río de estuario generoso en luces y colores; la Medina se ve rodeada de una muralla sólida que aún parece dispuesta para las guerras de antaño; los palacios -en la foto- se sitúan en un lugar privilegiado justo sobre el sitio en el que es imposible saber si el río es río o mar, además, dan entrada a la Cashba, sin duda el lugar mágico de la ciudad con viviendas pequeñas pintadas exclusivamente en blanco y azul azulete y que parece que fue un niño quien las pegó unas a otras fabricando calles y rincones imposibles. Pero esa sombra administrativa y religiosa oscurece el esplendor de esas bellezas o las oculta, tanto que hasta resulta complicado encontrar un plano turístico de Rabat. Ella, la capital, hace gala de su abolengo en el que no luce demasiado bien la frivolidad turística.

Marruecos está lleno de matices y nosotros, desde España o desde Occidente, vemos un todo que poco tiene que ver con la realidad. Entre todas las etnias del país destacan dos: la árabe y la bereber. La primera, minoritaria, domina administrativa y religiosamente, la segunda trata de no diluirse en mitad de un proceso de reafirmación de un país reciente y aún endeble que hace bien poco se articulaba entre sultanes y tribus. Efectivamente, en el final del esplendor colonial lo que hoy es Marruecos era un territorio de precario equilibrio basado en guerras tribales y métodos medievales, y ahí llegaron las potencias occidentales moviendo peones y rallas fronterizas, soberanías y protectorados según sus únicos intereses. Francia jugó ahí el gran papel hasta la misma descolonización, incluido el triste episodio del Sáhara español. Pero esa es otra historia.

Por esos intereses y juegos de tablero tiene hoy Marruecos la monarquía que tiene que interpreta muchos papeles y juega muchas más cartas. De una familia de sultanes del sudeste del país han salido sus hasta ahora tres únicos monarcas: Mohamed V, Hassan II y el actual Mohamed VI. La casi milagrosa salvación de Hassan II de varios atentados ha espoleado la idea de que su estirpe, con origen en Arabia, está directamente emparentada con el Profeta. Así que que el actual rey, Mohamed VI, oficialmente, desciende de Mahoma. Lo que sí es del todo cierto es que la familia del Rey procede de Sigilmasa, al sudeste del país, un lugar impresionante -hoy en ruina absoluta- en el que mitológicamente, y para los relatos de las 1001 noches, terminaba el Sáhara.

Pero esa estirpe nunca conjugó demasiado bien con los bereberes, éstos sienten que su cultura, su lengua y su música han sido y son denostadas mientras la monarquía ha administrado su poder tratando de favorecer la preeminencia del árabe sobre otras lenguas mayoritarias y ha aprovechado su supuesta pertenencia al árbol genealógico de Mahoma para aplicar las leyes sagradas según con qué intenciones.

Hassan II consiguió con la Marcha Verde -reivindicando el Sáhara español- un sentimiento de unidad nacional insospechado y no fue hasta entonces, en 1975, que Marruecos dejó de ser un puzzle para convertirse en un territorio. Pero las etnias seguían ahí reforzándose una, la árabe, especialmente en los últimos años con el avance del velo y el endurecimiento del Ramadán entre otras cosas, y diluyéndose la otra, la bereber; Hasta que que llegó la Primavera Árabe que en el último año y medio ha activado un sentimiento nacionalista de esta etnia como contestación al poder establecido y como reafirmación de su identidad. Y nosotros lo hemos notado de un año para otro, con presencia en nuestros conciertos de banderas y signos amazigh, su auténtico nombre, que bereber es un vocablo francés.

Con todos estos mimbres medievales, de etnias, tribus, sultanes y colonias, y una monarquía que aún considera súbditos a sus ciudadanos es muy difícil tejer un estado moderno, pero ahí está Marruecos, repleto de tonos, de gamas, de aristas, de volúmenes buscando con ahínco acomodo en estos tiempos. Nosotros, desde aquí desde Occidente, bastante miopes, sólo acertamos a ver un país monocolor, como las sombras, siempre grises se posen donde se posen.

Manuel Paz

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