ERT: Estamos Resistiendo Todos

Cuaderno a destiempo, por Manuel Paz

“¡Soy Comunista!”, soltó con vehemencia el taxista que nos llevaba a la entrada de la Acrópolis. “Primero fue Grecia, después será España”, la cabeza de pelos blancos abundantes y disparados se movía coordinada al discurso, poniendo los acentos: “Ya lo dijo Engels, la culpa es del capital”. Él -el taxista- ya lo venía venir desde hacía tiempo y lo contaba con ese acento griego mitad autocomplacencia, mitad reproche colectivo, con pena por haber acertado con el desastre pero con las dosis de suficiencia que da el “ya lo sabía yo…”. Ese acento, en griego, es clavado al español. Temblando el taxi entre adoquines ya cerca de la  Acrópolis concluyó: “La culpa es del capital, no de los pueblos”.

Por nuestras pintas debió de intuir algo porque al poco de subir al taxi nos había preguntado qué hacíamos unos españoles en Atenas: “¿Turismo?”, le dijimos que no, que éramos una orquesta sinfónica haciendo conciertos solidarios y que anoche habíamos tocado en la ERT, entonces, en medio segundo había girado la cabeza hacia la derecha, había extendido su mano y había dicho: “¡Soy comunista!…”. Hacía mucho tiempo que no veía a nadie reivindicar esa condición política con tanto orgullo.

Los gobiernos, por muy democráticos que sean, también se equivocan y el último griego, objetivamente, se ha equivocado cerrando la televisión pública griega, la ERT. Todos los griegos con los que hemos hablado, de cualquier condición social, casi siempre evidente, o de más sutil inclinación política -taxista a parte-, rechazaban la medida. Cuando decíamos que íbamos a tocar allí despertábamos inmediatamente la simpatía del interlocutor, cuando no la complicidad.

Habíamos llegado con la noche a la verja que acota los jardines de la televisión, esos en los que se ha montado un escenario que es un lugar de encuentro entre artistas solidarios, trabajadores de ERT en su particular encierro, y público que con su apoyo también disfruta de una programación cultural que tiene el sello de la Sociedad Civil.

Escenario de la ERT

Mientras montábamos y el público iba recogiendo su silla de una pila fuimos sabiendo cosas y conociendo gente muy agradecida. También Marta Cañete, artífice de ese maravilloso encuentro, nos contaba alguna historia impresionante de esas que no saltan a la vista y que son casi siempre humanas o personales.

Con la asombrosa facilidad de quien se ata los zapatos, los técnicos de la ERT montaron todo el dispositivo de micrófonos, iluminación y cámaras nada liviano que requiere la grabación de una orquesta sinfónica. En un periquete ya estábamos haciendo la prueba de sonido.

Habíamos entrado al recinto 52 personas sin que nos pidieran identificación, cuando lo normal en cualquier televisión es que además de identificarte debes estar en una lista cursada con anterioridad. Los tornos se dejaban empujar sin mediar códigos de barras ni tarjetas de visitante, pero la normalidad era absoluta y lo único que extrañaba era la ausencia de uniformes de empresa de seguridad. Justo al lado del supuesto control de entrada reservaron un espacio que mediante un plataforma daba al escenario, ese lugar también fue punto de encuentro, allí nos enteramos de los detalles del encierro de los más de 2.000 trabajadores de ERT y que consistía en seguir trabajando, en asistir a su inconsistente puesto de trabajo y seguir haciendo televisión, pero sin percibir un euro, que las indemnizaciones no llegan si los receptores en bloque no aceptan su despido.

Encontrar la complicidad con el público resultó extremadamente fácil y en la segunda obra ya estábamos unos y otros entregados. Tiramos de nuestra música más participativa y de las dos obras de Alberto Lozano que hacen referencia irónica a la crisis que compartimos y, como siempre, resultó oportuno y saludable reírse un poco del origen de todos los males. Particularmente entusiasmado estaba Ionas Nikos, violonchelo principal de una de las dos orquestas sinfónicas de la ERT perfectamente articuladas, con una trayectoria impresionante, que también han sido administrativamente liquidadas y que también resisten cumpliendo con sus ensayos y una programación alternativa de conciertos. Ionas tenía a mano su violonchelo y se animó a tocar con nosotros; por deferencia le sentamos en el primer atril de la sección y con el “aquí te pillo, aquí te mato” leyó a primera vista todo el repertorio vestido con unos pantalones pirata de camuflaje y una camiseta a tono.

Nos invitaron a tomar lo que quisiéramos, antes y después del concierto, en la cafetería, repleta de trabajadores, varios de ellos se acercaron para agradecernos el apoyo y para contarnos sus cosas. Un músico nos decía que el último concierto de la orquesta antes de su liquidación administrativa -que aún no real- había sido durísimo con todos los músicos abrazados al finalizar, llorando, mitad de pena mitad de coraje.

Marion Pitsola, carismática mujer de voz potente y de muchas tablas televisivas fue la encargada de presentar el concierto y de traducir las explicaciones con la misma seguridad con la que dio orden en la cafetería de que no se cobrara nada a los músicos españoles. Ella organizó al público en el final apoteósico con interpretación colectiva de un mambo.

Inmediatamente después llegó el encuentro masivo, además de otros trabajadores, todos los músicos de la orquesta presentes vinieron, sinceramente entusiasmados, a dar las gracias para pasar a continuación a explicarnos qué había pasado. Todos coincidían que nunca en su vida se les había pasado por la cabeza la posibilidad de que desapareciera la televisión pública; pensaba yo: claro, es como si te dicen de pronto que desaparece el Fondo Monetario Internacional: pues no te lo crees (si alguien piensa que estoy dando ideas ha dado en clavo).

Enseguida se armó una visita guiada por las instalaciones: una mujer mitad dignidad mitad cabreo nos condujo por los pasillos de un lugar emblemático a otro; lo primero un estudio pequeño, de esos de fondo de cristal que deja ver la redacción y desde el que un presentador anunció el cierre de ERT. No hacía falta hablar griego para saber que más de un improperio se intercalaba en las explicaciones. Poco después accedimos a un gran estudio con sumo cuidado y después de apagar los móviles porque se estaba celebrando un debate televisado en directo sobre la visita a Obama del presidente griego; confieso que hasta ese momento no fui plenamente consciente de la dimensión del encierro: allí todo estaba funcionando, desde el personal de limpieza hasta las grandes estrellas televisivas, pasando por maquilladores, técnicos y el enorme etcétera de una televisión; sólo que les habían cortado los canales de emisión y ahora lo hacen por Internet, como la luz, también cortada, que ahora abastece un ayuntamiento cercano.

Impresionados aún nos llevaron al estudio de radio donde entramos sin tantas precauciones; desde la pecera  y junto al técnico veíamos al otro lado a un hombre solo muy centrado hablando profundo con una dicción enfatizada y ritmo en las frases, efectivamente, estaba leyendo poesía; la fonética y la acentuación griegas suenan exactamente como en español y tuve la rara sensación de que aquel hombre se había vuelto loco y decía hermosamente palabras que no tenían ningún sentido. Una curiosa metáfora la de la locura en aquel envoltorio físico y emocional tan fascinante.

De regreso a la cafetería caminamos pasillos empapelados de suelo a techo con impresionantes fotos históricas en blanco y negro de momentos históricos de la ERT, en un pasillo nos contemplaba María Callas rodeada de la orquesta sinfónica, tan cerca que sus labios se adivinaban pixelados. No podía entender cómo se liquidaba un edificio tan hermoso, tan cargado de historia con toda esa historia y su gente dentro. Pregunté si Grecia no se podía permitir una televisión pública y me dijeron que claro que sí, que ya habían creado otra, entonces pensé que quienes habían tomado aquellas decisiones estaban tan locos como el de la metáfora del estudio de radio.

Ya en la cafetería no dejaba de darle vueltas a un razonamiento: todo aquello estaba funcionando al margen de cualquier poder político. Por ejemplo, para entrar en cualquier televisión pública hay que franquear un costoso dispositivo de seguridad que allí no hacía falta; por otra parte, no conozco en España ningún ente público similar, ya sea autonómico o estatal que no esté rodeado de polémicas presupuestarias pasadas o presentes, o de líneas editoriales cuestionadas, o de entromisiones partidistas, y la ERT con más de 2.000 trabajadores estaba totalmente al margen de todo eso y funcionando. Pensaba que vaya potente que es la Sociedad Civil organizada, cuando se me acercó el oboísta de la orquesta: “Qué maravilloso concierto, muchas gracias por ese regalo y qué lástima que no tuviera aquí el instrumento para poder tocar con la OCAS”. Le di las gracias efusivamente y le pregunté cómo iba -alguien me dijo después que ese hombre había perdido unos 10 kilos de peso en apenas 2 meses-, “Muy preocupado, tengo hijos y mi mujer también toca en la orquesta”, le miré a los ojos para enfatizar mi apoyo y añadí que había que resistir y que la resistencia es bonita, “Sí, pero es muy dura”, le dije entonces que sí que es dura, pero que la única alternativa a la resistencia es la desesperación.

Nos fuimos directos al hotel que al día siguiente teníamos un hueco a primera hora para visitar la Acrópolis.

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Una respuesta a “ERT: Estamos Resistiendo Todos

  1. Da gusto leer un artículo como éste, donde se habla de la Grecia real con emoción y no de la que dictan las líneas editoriales de los medios, también saber que hay personas para quienes la solidaridad es algo más que una palabra.

    Salud.
    ramiro

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